Mars Express, nuevas imágenes del Monte Olimpo.


Lava en el Monte Olimpo
Lava en el Monte Olimpo. Foto: ESA.


Deslizamientos gigantes, flujos de lava y fuerzas tectónicas están detrás de esta escena dinámica capturada recientemente por la ESA Mars Express en una región marcada por el volcán más grande del Sistema Solar, el Monte Olimpo.

La imagen fue tomada el 23 de enero de 2013 por la cámara estéreo de alta resolución de la Mars Express, y se centra en una región conocida como Sulci Gordii, que se encuentra a unos 200 km al este de Monte Olimpo.

El Monte Olimpo es un volcán que cubre una superficie de 283.000 km² y que se eleva hasta los 22 Kilómetros de altura.

Para que os hagais una idea, un explorador situado en la cumbre del Monte Olimpo no podría ver la llanura circundante, ya que las laderas se extenderían hasta más allá del horizonte.
En la imagen vemos flujos de lava que en su día se extendieron en todas las direcciones hasta centenares de kilómetros de distancia.

Sulci Gordii es una región situada a 200 kilómetros que la Mars Express observó con detalle a principios de año. En ella vemos un terreno ondulado, colinas y valles más o menos paralelos, probablemente como resultado del deslizamiento de todo este material cuando se deslizó lejos del volcán, comprimíendose o separándose a medida que se movía a través de la superficie. Con el tiempo, la erosión de material más débil entre los picos acentuó este efecto.

Sulci Gordii, como otras zonas alrededor del Olimpo, el propio volcán y la región de Tharsis en la que se asienta, representa solo un ejemplo, hermoso y aterrador al mismo tiempo, de las fuerzas colosales que en su momento se desencadenaron en esta región, generando una acumulación de material magmático de tal magnitud que alteraron la propia forma esférica de Marte y afectaron al eje de inclinación al alterar la distribución de su masa.

Algo impensable en La Tierra, donde el movimiento de las placas tectónicas impide que un volcán permanezca en activo demasiado tiempo, pero no en Marte. Sus mismas dimensiones fuera de toda medida son, paradójicamente, la más clara evidencia de que el interior del planeta nunca llegó a disponer de tanta enegía interna, y que su corazón hace tiempo que dejó de latir.